¡No quiero ir al colegio!

Los niños de vez en cuando “se plantan” y nos sacan de quicio, y por debajo de este sentimiento de irritación, más callado pero persistente, está nuestra sensación de desconcierto. ¿Cómo actuar cuando un niño de cinco años decide que no quiere ir al colegio? 

Y cada día los padres y cuidadores intentarán convencerle, obligarle, comprarle…intentarán por todos los medios “hacer algo” para que el niño quiera ir, y en todo caso, para que vaya aunque no quiera. 

Pasa lo mismo cuando un niño se niega a comer, o a acostarse por las noches, o no quiere estudiar. En todos estos casos el adulto se queda fuera de juego. No sabe qué pensar ni qué sentir, reconoce, impotente, que no tiene ni idea de cómo solucionar “el problema”. Y es que, una vez desechadas las viejas armas educativas como “el cachete a tiempo” , o la amenaza de él, los gritos, las descalificaciones, los castigos…y toda la “artillería pesada” que mantenía un tipo de educación basada en la autoridad y autoritarismo del adulto sobre el menor, una profunda sensación de impotencia a menudo se apodera de nosotros. (¡Soy un padre pésimo porque no logro que me obedezca!).

Hoy en día las cosas han cambiado y en mi opinión hemos corregido los excesos de antaño. Ahora los niños son considerados dignos de respeto y se les reconocen derechos a una educación no violenta, sin trato vejatorio. Los niños representan el corazón de sus padres y reciben múltiples muestras de ello: …mi corazón, mi vida, mi tesoro, …todo son carantoñas y por decirlo coloquialmente “se nos cae la baba” con el bebé y sobre este sustrato empieza el niño a aprender sobre el mundo, sobre sí mismo y sobre los demás.

Pero este “reinado del bebé” pronto ha de enfrentar realidades ineludibles. El niño ha de comer, dormir, y comportarse…y cada vez la exigencia es más estrecha. Llega pronto el enfrentamiento entre la voluntad del niño y la del adulto. La lucha está servida. Inicialmente el niño parece desesperarse porque “no entendemos que él quiere jugar con el tenedor” y nosotros se lo impedimos, le quitamos el objeto que él tenía en su poder y que por lo tanto en su código era “suyo”. El adulto pronto descubre que su idílico comienzo  de paternidad llega a su fin. Hay muchas veces en las que hay que plantar cara y decir “no”.

En ese momento el mundo del padre se llena de nubarrones.  La cosa toma un cariz complicado. El llanto y las malas maneras del querubín descolocan al adulto, resuenan en su cabeza y crean un sentimiento doloroso y estresante. El niño irá con todos sus recursos a luchar cada una de sus batallas. Da lo mismo que el objetivo sea una patata frita, no acostarse o que quiere quitarse la chaqueta en pleno invierno. Esos son los retos del día a día de padres y madres, de abuelos y cuidadores.

Ante este tipo de situaciones en el pasado se optó por disciplina, entendiendo como hemos dicho anteriormente una disciplina punitiva, basada en el castigo. “El arbolito se endereza desde pequeño”, “la letra con sangre entra”, son ejemplo entre otros muchos lemas que arraigaron en las conciencias y marcaron una forma de entender la educación.

Pero nuestra sociedad democrática se impone y surge un aire nuevo que iguala en dignidad y respeto a todos los seres humanos, tengan la edad que tengan. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que por estilo educativo democrático se entienda que toda la familia vote sobre si se cena puré de verdura o pizza, ni a qué hora acostarse, ni si se va al colegio o mejor al parque. Pero nos impide imponernos de manera autoritaria tanto verbal como física sobre los más pequeños.

Es un salto cualitativo hacia la igualdad, sin duda…pero ahora hemos de ajustar los modos educativos que se han venido empleando hasta ahora.

Una disciplina no punitiva es posible. Para educar no es preciso “hacerse el duro”, fingir que no nos importa en absoluto lo que pase al niño. En definitiva, tenemos licencia para querer al niño a las claras y mostrárselo, y sin que eso impida el establecimiento de límites. Estas ideas quedan preciosas en un escrito, pero desde luego no solucionan el problema ante el que nos coloca un niño en plena pataleta, o un niño desmotivado, o un niño irrespetuoso o incluso agresivo. Desde luego las palabras por sí solas no son una panacea ni nos otorgan poderes mágicos. Educar siempre será un reto, pero la diferencia que se construye mediante la propuesta de una disciplina firme y amable al mismo tiempo, se da principalmente en el adulto primeramente, para revertir después en el niño a través principalmente del ejemplo. Construimos respeto con respeto.

El educador que sabe encontrar su lugar y que lucha contra su propio desconcierto siendo consciente de sus limitaciones y de su capacidad de aprender y mejorar sus habilidades educativas va por buen camino. Que entiende su papel y que es normal que no sepa al instante qué hacer en cada situación porque él está aprendiendo también a educar, porque continuamente las cosas cambian a medida que el niño va haciéndose mayor. Cuando no tiene nada que ocultar ante esos momentos de duda en los que precisa reflexionar, tal vez buscar apoyos, información, compartir sus temores…en definitiva necesita crecer como persona para ser un más claro ejemplo de conducta para los pequeños.

Encontrar la forma correcta de educar pasa por encontrar la forma correcta de asimilar las situaciones en las que nuestros niños saben colocarnos. Nos ponen a prueba. Cómo afrontemos estos retos nos aleja o nos acerca a nuestros objetivos educativos.

Cuando el niño se resiste a ultranza a ir al colegio hay que tomar el toro por los cuernos y no seguir insistiendo en utilizar métodos que ya hemos comprobado repetidas veces y que no han funcionado. Algo pasa, algo le pasa…y averiguarlo es el primer paso. Escuchar y enterarnos de qué pasa y de cómo se siente sin pretender que lo que expresa no es verdad. Sea o no sea lógico que se sienta así no importa. Sea o no “la verdad” tampoco. El sentimiento del niño es el punto desde donde hemos de empezar a trabajar para lograr ayudarle a que quiera ir a la escuela. Y para que el niño encuentre formas de expresión hemos de respetar su proceso. Igual primero se inventa un motivo, igual primero oculta su verdad, o no sabe expresarla…pero todo lo que expresa es importante. Es un pequeño hilo del que tirar para ayudar a desenredar el embrollo.

 Y nos gustaría tener respuesta a todas las preguntas que surgen de la mente…¿Le llevo a la escuela a rastras o le dejo en casa? ¿hablo con la profesora? ¿se llevará bien con los otros compañeros de clase? Pero las respuestas están “en construcción”. La mayoría de ellas nunca obtendrán una respuesta clara y certera y segura al cien por cien. Pero hemos de asumir la responsabilidad de decidir y tomar decisiones sin tener todos los datos, o sin estar siquiera seguros de que sean ciertos. Buscar apoyos y encontrar soluciones en cooperación con los que nos rodean siempre ayudará al éxito. Un buen concepto de nosotros mismos y de los otros ayuda al bienestar psicológico mientras que una actitud crítica en exceso y falta de empatía perjudica nuestras opciones de respuesta eficaz a los retos educativos a los que cada padre se enfrenta en el día a día.

 

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