Premios y castigos ¿lobos con piel de cordero?

A menudo oímos hablar contra premios y castigos que han sido hasta ahora las herramientas educativas por excelencia. Por eso nos cuesta renunciar a ellos, sobre todo porque no vemos alternativas claras. Encontrar motivaciones no es sencillo, un premio motiva, un castigo puede tener fuerza disuasoria. La cuestión es que encontrar “motivos” para reforzar buenos comportamientos o evitar los comportamientos indeseados, no garantiza la educación a largo plazo del pequeño, aquella que lo forma para convertirse en una persona independiente y responsable.

Si regalamos una moto por un aprobado, por ejemplo, tal vez nuestro adolescente se esfuerce y estudie duro y consiga superar los exámenes. Y tal vez ya de paso, se de cuenta de que, aún sin regalo, el esfuerzo en sí y el éxito obtenido conlleva una satisfacción personal. Tal vez la motivación extrínseca que hemos ofrecido (la moto), genere la motivación intrínseca (satisfacción ante la superación de nuestras limitaciones, gracias al esfuerzo personal). Creo que esta es nuestra intención consciente o inconsciente cuando premiamos. Deseamos dar la oportunidad al niño o adolescente de que experimente la sensación del éxito y que esta vivencia lo transforme y lo reconduzca hacia el buen camino.

No digo que no exista esta posibilidad, pero opino que desgraciadamente es también probable que la motivación extrínseca acarree otras consecuencias indeseadas. En nuestro ejemplo, tal vez el menor no sea capaz de alcanzar el aprobado por sí mismo, porque ya hace tiempo que ha perdido el ritmo de la clase y está demasiado perdido para poder alcanzar el nivel del aprobado. Por muy atractivo que le resulte el premio, es para él inalcanzable superar la prueba. Si además no tiene asumidas en absoluto sus dificultades y no ha aprendido a pedir ayuda, difícilmente nuestra oferta se constituirá en una eficaz estrategia y perderemos un tiempo precioso y la oportunidad de soluciones de verdad. Premios y castigos no pueden ser la base de la educación ya que nos alejan del verdadero objetivo de la educación: formar personas, no tan solo dirigir conductas.

Lo mismo puede suceder con los castigos o amenazas del tipo “si suspendes no saldrás en todo el verano” porque es insostenible y sería malo para el menor. Recluirlo en casa, y medidas excesivamente estrictas, serán muy probablemente medidas ineficaces y perjudiciales, que generen en el joven sentimientos de rebeldía, de injusticia, de derrota y lejos de solucionar el problema lo consolidan. El castigo que deteriora las relaciones entre padres e hijos, no está funcionando como estrategia educativa, ya que la educación debe persiguir la creación en el menor de conductas autorreguladas que le permitan en el futuro funcionar independientemente, seguir sus propios criterios y elegir lo que más le conviene en realidad.

Amenazas y castigos desaparecerán al igual que premios y elogios cuando el niño se haga adulto y dependa de sus propias motivaciones y eso no se va a improvisar de la noche a la mañana el día en el que cumpla los dieciocho años. Poco a poco y a medida que el niño va creciendo hemos de irnos cerciorando de que va interiorizando que él tiene una capacidad de elegir, una responsabilidad y una mente y un corazón que poner a funcionar para determinar su propia conducta.

Las motivaciones intrínsecas, las relacionadas con la propia conducta que buscamos promover, son las que sirven de guía y educan a largo plazo. Estudiar, cooperar, respetar, ser pacientes, ser empáticos, ser asertivos, asumir nuestras responsabilidades, etc. son actitudes que sin duda demandan esfuerzo y superación, pero que también reportan satisfacciones y bienestar, esperanza y autorespeto y autoestima. Nos enseñan a vivir en armonía con los otros y con nosotros mismos.

Aprender a vivir, a convivir, este es el objetivo principal de la educación y por esto premios y castigos no son estrategias fiables, porque no garantizan la adquisición de habilidades para la vida adulta.

Con respecto a las alternativas a premios y castigos se propone desde Disciplina Positiva utilizar herramientas educativas basadas en permitir experimentar en el menor las consecuencias de sus actos. Unas consecuencias de las que les rescatamos continuamente, ya que nuestra misión es protegerles precisamente de las contingencias que puedan surgir.

No podemos permitir que un niño se ponga en peligro, ni sufra consecuencias irreparables o desproporcionadas. Pero si evitamos toda consecuencia que de forma natural producen sus comportamiento, nunca conocerán el porqué de las normas que prescriben ciertas conductas y que determinan la conveniencia de otras.

Si un niño no come porque no tiene hambre, deberíamos dejarle sin comer para que en la siguiente comida tuviera apetito en lugar de permitirle que coma sólo el postre, por ejemplo. Si un niño no hace los deberes, deberíamos dejar que fuera sin los deberes hechos al colegio y que se atuviera a las consecuencias ante el profesor. Si un niño ha incumplido una norma y ha roto un cristal con la pelota, una aportación económica le ayudará al niño a ser consciente de que sus actos tienen consecuencias.

Hablar de normas, de acuerdos familiares, de responsabilidad, de participación, cooperación, es hablar de aceptación de que la familia es un equipo en el que todos somos importantes, y que todos cuidamos de todos, todos nos respetamos, todos nos tratamos con respeto, todos nos queremos y todos cooperamos. Estas premisas son las bases de la convivencia familiar. Sobre ellas se establecen las normas de comportamiento en el ámbito doméstico.

Las reuniones familiares, en las que todas estas normas se fundamentan, discuten y se acuerdan, son necesarias para una educación democrática, en las que todos somos igualmente valiosos, aunque padres e hijos tienen diferentes papeles y diferentes responsabilidades que todos hemos de comprender y aceptar.

Alejarnos de autoritarismos nos permite mantenernos firmes sobre nuestros principios que incluyen, respeto mutuo y dignidad y amor en nuestras formas de relación entre padres e hijos.

Pilar Andújar Rodríguez.

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