Sobre peces y cañas de pescar: del consejo a la orientación educativa.

¡Ya no sé que hacer! Lo he probado todo y no hay forma…este niño está imposible…con él nada funciona…¿qué puedo hacer?…

Todos hemos oído (y pronunciado, la verdad sea dicha) estas o similares palabras y sentido esa misma desesperación ante las dificultades de la crianza y de la educación de niños y adolescentes. Las cosas se ponen complicadas y hasta el más experto de los profesionales de la educación ha de reconocer que para nada es un trabajo fácil ni sencillo. Como dijo Adele Faber, experta autora de libros educativos de gran éxito…”yo era una madre perfecta…hasta que tuve hijos”.

¿Le quito el fútbol si suspende? ¿qué hago si me miente? ¿cómo consigo que estudie?…

Buscamos saber qué hacer, buscamos soluciones y que suceda aquello que con tanta urgencia deseamos: que el niño haga lo que le pedimos y que deje de hacer lo que le prohibimos. Aquello que sabemos que es lo que le conviene a pesar de que él no esté de acuerdo en absoluto.

Orientar y dar consejos no es lo mismo. Hay una sutil pero importante diferencia: orientar es indicar por dónde puede uno encontrar las respuestas, el consejo se suele entender más directamente como la solución en sí misma, la respuesta a esas preguntas. No es lo mismo ofrecer peces que enseñar a pescar.

Si las soluciones estuvieran en los libros o en la sabiduría de los expertos, los problemas educativos hace tiempo que se habrían extinguido como les pasó a los dinosaurios. Pero no existen las fórmulas mágicas, ni pautas que aplicadas sencillamente funcionen siempre y en todos los casos.

Las pautas ayudan, orientan, pero tienen que venir acompañadas, o mejor dicho tienen que venir desde las actitudes correctas. Es decir, de nada sirve “hablar al niño con tono amable y tranquilo” si el adulto no está realmente sereno. Fingir que estamos en armonía con el universo mientras nuestro hijo ha estado sacándonos de quicio toda la tarde de todas las formas que ha podido y en realidad estamos nerviosos y desesperados, no es nada que merezca la pena hacer porque no va a funcionar. El niño y cualquier persona capta mucho más allá de nuestras palabras, percibe nuestro estado emocional a través de pequeños detalles y microgestos, de matices en el tono de voz, en la mirada…en realidad no sabemos muy bien cómo, pero no sirve de mucho fingir porque a nadie logramos engañar especialmente si es nuestro hijo.

Entender la situación e interpretarla en otros términos de manera que no me tomo las cosas como algo personal ni me exijo más de lo que en ese momento puedo dar y puedo sentirme razonablemente bien conmigo misma, así puedo disponer de mi capacidad de pensar, y de tomar decisiones. Este sí es un punto interesante que probablemente me ayudará. Esta actitud adoptada por el adulto es la correcta, porque nos facilita el camino hacia las soluciones. Esto es orientar.

Cuando “damos consejos” casi nunca recibimos como respuesta un “Ahhh, qué buena idea, nunca se me hubiera ocurrido, esto es algo realmente nuevo”…Por el contrario, la respuesta es casi siempre parecida a: “eso ya lo he hecho muchas veces, le he hablado, le he pedido, se lo he explicado….y nada, que con este niño no funciona y no sé por qué”.

Uno casi llega a pensar que al igual que se suele decir que “más vale no meterse en medio de los problemas de una pareja”…también podría aplicarse este principio a los problemas entre padres e hijos.

Los consejos pueden incluso llegar a resultar irritantes y hasta en cierto modo un tanto ofensivos porque uno puede pensar…”¡¡¡¿pero a quién se le ocurre pensar que yo no haya hablado con mi hijo y le haya explicado que tiene que aprender a llevarse bien con su hermana? Se lo digo montones de veces todos los días!!!”. Y es comprensible, a nadie nos gusta pensar que los otros tienen un concepto poco elevado de nuestra inteligencia y recursos personales.

Las madres y padres cuentan lo que les pasa con sus hijos y lo que su relato refleja es mayormente “asombro”. No salen de su asombro, porque realmente no entienden qué está sucediendo en su casa, con aquel querubín que tanto desearon y que tanta felicidad traía debajo del brazo al llegar a sus vidas.

Ante este desconcierto cualquier intento de minimizar el problema, de pretender dar consejos simples y sencillos encontrará serias resistencias. Los consejos sobran, la orientación es el camino.

Yo no sé qué tienes que decirle al niño para que se lave los dientes, ni que puedes hacer para lograrlo. Pero te puedo orientar para que tú encuentres tu propio camino:

El proceso de orientación psicoeducativa empieza por ayudarte a que te hagas consciente de cuáles son tus métodos educativos. Sí, qué es lo que tú haces cuando estás educando a tus hijos, y ya puestos, qué actitudes despliegas en general en presencia de los niños. Ellos aprenden de ti no solo lo que tú quieres enseñarles, sino todo lo que ven, oyen y observan. A este primer paso podemos llamarlo: Auto-observación de la propia conducta educativa. Sin juzgar, sin pretender analizar más allá de ver lo que sucede, ver lo que yo hago.

Una vez que tomamos nota de nuestras formas de reaccionar ante las conductas de los niños podemos en un segundo paso, intentar ponernos en los zapatos de nuestros hijos, y ver cómo esto les hace sentir, y de este modo comprender mejor el porqué de su respuesta a nuestras acciones educativas. Comprender mejor cuales son los efectos que estamos realmente provocando en el niño. Porque una cosa es lo que quiero lograr y otra distinta es lo que realmente provoco.

Esta información son los cimientos del cambio que queremos lograr. De ese saber qué hacer, de ese comprender qué es lo que pasa y por qué todo es tan difícil de manejar, de todo esto es de donde nace una nueva forma de sentir del educador y una nueva forma de educar. Para esta fase puede ayudar mucho tener unas nociones básicas sobre la conducta infantil y las motivaciones que se ocultan tras el “mal comportamiento”.

Si comprendemos qué pretende conseguir el niño, y si conocemos qué es lo que realmente necesita, educar seguirá siendo una tarea difícil y que requiere de constancia y de mucha paciencia, pero dejará de ser una tarea tan desconcertante e imposible de sobrellevar. Porque estas situaciones de continuo desencuentro entre padres e hijos son una importante fuente de sinsabores, de ansiedad y de estrés. A nadie se le escapa que cuando las cosas van regular, nuestro estado emocional se ve perjudicado y también acaba minando nuestra salud.

Llegar cansados del trabajo y encontrar un panorama de tensiones y conflictos con los que más queremos es duro y difícil de llevar. La familia que no logra la cooperación y un clima habitable de apoyo y respeto mutuo sufre un importante desgaste físico y emocional que afecta a todos y a toda la vida familiar en general. Este debe ser el objetivo general de la educación visto de manera global como una forma de funcionamiento de toda la familia como grupo humano cuyos miembros tienen diversas necesidades y características pero un fin común: la convivencia y el bienestar de todos gracias a la cooperación en un clima de respeto mutuo.

Pilar Andújar Rodríguez, noviembre 2016

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s