Somos, más que nada, nuestras emociones.

Los niños llegan al mundo cargados de emociones, intensas, poderosas y contundentes. Tanto su risa como su llanto son incontestables. Los adultos hemos ido ocupando el lugar que les corresponde con multitud de otras formas de vivir. Pasamos mucho tiempo pensando, traduciendo a palabras lo que sucede y nos sucede. Cuando lo esencial se reduce a risa o llanto. El niño expresa, mientras de adulto se expresa. De niño es, y el adulto se explica a sí mismo y a otros “lo que le pasa y lo que pasa”.

Dos mundos enfrentados: emociones desatadas y contenidas.

Nos sorprende lo que pueden llegar a sacarnos de quicio los niños con sus actitudes emocionalmente extremas, aunque sabemos que no hay nada tan contagioso como una emoción. La risa mueve a la risa como el llanto al llanto, y el enfado de otros nos enfada.

El bebé quiere a toda costa hacernos partícipes de sus emociones, nos busca y nos obliga por todos las maneras a su alcance a hacernos sentir lo que ellos sienten. Y no sabemos cómo interpretar esta extrema situación. Hablo de pataletas, berrinches y rabietas…

Se supone que como adultos hemos de calmar al niño, cuando lo que suele suceder mucho más frecuentemente es que el niño arrastra emocionalmente al adulto. Y uno ya no está acostumbrado a tan intenso desgaste. Pronto “no puede más”, mientras el pequeño aguanta a veces horas de vano intento por hacernos partícipes de sus emociones.

Es un volcán, que nos abrasa y nos arrasa. Como el llanto del niño que traspasa todos los límites y entra hasta lo más profundo y se llega a percibir como algo imperiosamente exigente e imposible de soportar. Un par de minutos de llanto intenso de un bebé pueden parecer diez minutos, y diez minutos, una hora.

La imagen de la madre dejándose llevar por lo que siente ante la rabieta de su hijo, tirándose al suelo y berreando como él, nos resulta ciertamente cómica. y es que un adulto no hace eso.  La desesperación  teóricamente la gestionamos, la expresamos adecuadamente, sin dañarnos ni dañar a los otros…Puede ser que casi siempre sea así, pero en cuestiones de rabietas y pataletas…sencillamente solo solemos lograr que la procesión vaya por dentro.

Las rabietas logran su objetivo: nos sacan de quicio mucho más de lo que nos gustaría.

Esperar pacientemente a que pase el temporal, a que por fin lleguen los tres años cuando tiene dos, o los cuatro cuando tiene tres…ayuda. Pero esto es hablar de resignación, y paciencia. La cuestión es si no sería conveniente entre tanto pasa el tiempo, trabajar con nuestras emociones, las que se despiertan en esos momentos tan intensos y hacernos más resistentes, un poco menos  susceptibles al contagio.

Este tema es de difícil consejo pero solo quiero hacer notar que de la misma manera que el estado emocional del niño nos afecta poderosamente, también el nuestro surte el mismo efecto en él. Nuestra calma es importante. No se trata de aparentar calma, sino de que el niño pueda percibirla y contagiarse de ella.

Somos nuestras emociones, les pertenecemos tanto como creemos que ellas nos pertenecen.

 

 

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